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SOBREVIVIENDO Al COVID-19 EN EL SALVADOR

Por JTContreras

Salimos de casa al mediodía para buscar agua embotellada y algunas provisiones; estuvimos en la parada de buses alrededor de media hora y disimulando que nos conocíamos por aquello de que no puede salir más de una persona por familia. No llevamos vehículo porque la orden dada es: sólo el conductor en el carro sin acompañantes; hubo que esperar más tiempo todavía porque pasó un microbús con todos los asientos llenos "a la mitad", o sea una persona en cada asiento, por lo de " la distancia social ". El motorista nos hizo una señal de que no podía sobrepasar lo establecido por el gobierno debido a la pandemia , - me van a multar- dijo con voz fuerte. Las personas desde arriba nos vieron con cara de compasión; me asombró que mis hijos no protestaran pues no les gusta salir a la hora del calor y menos a asolearse, pero me dijeron: hay que respetar. Hasta McDonalds ha separado sus aros dorados para enseñarnos "la distancia social" de momento no comprendí, pero es así, separaron los aros.
Esperamos otro tanto más, hasta que tomamos la decisión de caminar; en el trayecto atravesamos la colonia, cada casa era un búnker: las ventanas cerradas, las cortinas también, nadie a quien saludar; las grandes protagonistas son las chicharras clamando el agua que no esta cayendo en las colonias más populosas de San Salvador y sus municipios. El tema del agua hoy más que nunca es un enemigo colateral que potencia a que el Covid-19 haga de las suyas como Juan por su casa. Han sido décadas en las que el problema de la escasez del agua va siendo heredado de un gobierno a otro y todos mantienen la desfachatez de cobrar por un servicio que no proporcionan y los usuarios pagan facturas infladas por no perder una conexión que se convierte más en desesperanza.
Volviendo a la travesía, de pronto nos alcanzó un microbús y lo abordamos rápidamente ante la letanía de "uno por asiento, uno por asiento". Nunca en mi vida había sido testigo de tanta desolación, ni en la guerra o los terremotos del 86 y el 2001. Durante el conflicto armado los grupos insurgentes dinamitaban alguna central telefónica en pleno centro de la ciudad, incendiaban buses, se daban enfrentamientos con los cuerpos de seguridad y cada quién se resguardaba donde podía, y unos minutos después a salir del escondrijo y seguir la rutina. En el campo la guerra fue cruel e inhumana, la fusilería tronaba al mediodía o en la oscuridad de la noche pero estábamos en guerra, era la guerra. Este enemigo de hoy, ni se ve pero es más temible e inhumano.
Llegamos al  excine Apolo, pasando antes por el Callejón de la 15, los talleres cerrados, La Plaza El Trovador, mercados, vidrierías, iglesias católicas y protestantes todo cerrado por ordenanza presidencial y por el temor.
Al bajar del micro caminamos a unos 3 metros de distancia entre sí, por si nos paraban, llevábamos una carta en donde cada uno nos declarábamos compradores oficiales de la familia; el lío hubiera sido si nos detenían  al mismo tiempo y veían que nuestros apellidos y direcciones eran los mismos, íbamos a ir a parar a un centro de contención; hasta la fecha van más de 60O personas detenidas por violentar la cuarentena; en el fondo, ví a mis hijos emocionados por la aventura, la complicidad y la clandestinidad de la misión.
La distancia social, la cuarentena domiciliar y las normas de higiene nos han ubicado en realidades palpables en nuestra rutina de vida; en relación al distanciamiento social realmente no ha sido un problema porque vivimos distanciados y ensimismado, ya ponerle un nombre al asunto, ha sido por puro formalismo. El Coronavirus ha desnudado a la familia, instituciones, liderazgos, gobiernos y nos tiene de rodillas.
Después de una larga fila ingresamos al súper, hicimos las compras; de momento no hay escasez pero, básicamente, el problema es la movilidad.  Salimos del súper con 15 galones de agua, sardinas, arroz, pastas en general y más harina para hacer tortillas; encontramos a un taxista que no tuvo miedo de transportar a 3 pasajeros a un centro de contención o a su destino.
Fin de la primera incursión .

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